19

dic 2012

Del Drake al Wallmart.

Por caprichos de un mar en calma y el Internet que funciona puedo acceder a un ordenador de abordo y actualizar el blog. Lo normal sería escribir sobre el viaje que hacemos, a punto de entrar en el Canal de Drake y cruzar uno de los peores mares de la Tierra. Pero mi mente y mis dedos prefieren divagar incluso un poco más de  lo normal y pasar de estos mares de leyenda e historia a un sitio mucho más mundano y decadente: el Wallmart.

Entre los lugares que más detesto y más me deprimen de todo Estados Unidos  se encuentra la cadena de supermercados  Wallmart. Da igual en qué estado estés o a qué Wallmart vayas pues en todos huele más o menos igual y en sus estanterías descansan los mismos productos. Abre 24 horas al día 365 días al año. Hace unos días, de madrugada, tuve que ir al que está más cerca de mi casa debido a una emergencia. Si los personajes que en él hay suelen ser curiosos, a las tres de la madrugada la fauna es indescriptible. En las puertas de entrada y salida se encuentra aquél que tiene el oficio de saludar y, sentado en su silla de ruedas, mascarilla de oxígeno en rostro, saluda y despide al que entra y compra. Pero esta vez el saludador estaba acompañado. Dos adolescentes  emitían gritos, risas  y alaridos. Junto al saludador,  estatua enchufada que saluda con gesto mecánico, se encuentra un cacharro de esos para que los niños se suban y sus padres puedan descansar mientras hacen sus compras. Es un cochecito  en forma de troncomóvil como el de los Picapiedra. Si le echas unos cuartos se mueve al son de una música deprimente con ritmo felador. La música sonaba y una de las adolescentes tremendamente obesa intentaba salir del tronco en movimiento sin lograrlo: Estaba atrapada. Confinada. Luchaba bajo la mirada del saludador hasta que yo llegué. Su compañera había pasado de la risa desbocada a intentar ayudarla sin éxito, tirando de ella con fuerza. Me quedé parado mirando la escena mientras, ojiplático intentaba procesar la situación. Ni siquiera podía reírme y pensé en sacar la cámara de fotos para inmortalizar la escena. Le pedí permiso para ello y me mandaron, con razón, a la mierda. Entonces me acordé. Siento un gran respeto hacia las personas empotradas,  atrapadas.  Con nueve años me quedé encajado en el cesto de mimbre de “Lo Sucio” en la despensa de mi casa.  Con el culo empotrado y mi cabeza chocando contra las rodillas, moviéndome como una tortuga boca arriba que no se puede incorporar. “Lo sucio” estaba debajo de  mí y continuó estándolo unas horas más pues estaba solo en casa hasta que mis padres me rescataron.  Cuatro o cinco años más tarde me pavoneaba sobre el trampolín de una piscina una tarde de verano. Lo hacía delante de mis colegas, chicos y chicas que se sentaban bajo un sol ya tenue del Mediterráneo. Mi gran hazaña consistía en saltar de cabeza desde el trampolín y atravesar un flotador circular que flotaba inmóvil sobre el agua. Antes de hacerlo llamé la atención de los espectadores como un maestro de circo antes del  número final. Salté con fuerza y el flotador quedó  encajado  entre mi cabeza bajo los codos, mi cuerpo se dio la vuelta y  quedé bajo el agua sin poder respirar. No había manera alguna de sacar boca o nariz y tomar aire. Ni siquiera podía nadar hacia la orilla o si lo hacía no había manera de salir por el bordillo. Entonces empecé a pensar en la muerte tan ridícula que tendría y en mis amigos, mientras  fuera del agua, descojonados viendo mis brazos agitándose. Mi padre se tiró al agua y me sacó, cosa que fue más ridícula todavía para mi, pero que al menos me salvó la vida. La chica del troncomóvil rechazó mi ayuda , yo abandoné el escenario grotesco y salí al exterior del Wallmart,  hundí mi cabeza entre las solapas del abrigo, notando el frío en la cara  y el vaho salir de mi boca. El saludador repitió su gesto mecánico y me dio las buenas noches.





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