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ene 2014

Páginas en blanco 1. Campaña 2014.

EL CANAL DE MAGALLANES, EN CALMA.

Tras cuatro despegues en diferentes ciudades y muchas horas de vuelo llegué por fin a Punta Arenas, ciudad que descansa, con su cientos de perros por las calles, a orillas del canal de Magallanes. Aterricé una tarde luminosa y, cosa rara, sin viento. En esta ciudad los perros suelen campar a sus anchas en jaurías, ladrando a los coches e intentando morder sus ruedas entre gruñidos y amenazas, como demostrando que es aquellos a quien la ciudad les pertenece, y no a los hombres. Esta vez el sol lucía, el viento descansaba, o tomaba fuerzas para hacer una nueva aparición, y los perros apenas se dejaban ver. Una imagen de la ciudad extraña y apacible. Con los parques y bulevares de un verdor exuberante plagados de adolescentes tirados en la arena escuchando música en sus móviles, jugando al fútbol entre las flores o montando en bicicleta. Una ciudad tranquila sembrada de niños y gente joven paseando por las calles, todo ello junto a la tranquila presencia del estrecho de Magallanes, que brillaba en reposo iluminado por las últimas horas del atardecer. Esa noche me enteré que se acababa de realizar una de las habituales operaciones anti perros que suelen hacerse durante el verano para luchar contra lo que la gente en Punta Arenas considera una plaga. No recuerdo cuántos miles de perros me dijeron que habían eliminado. Esa misma noche  yo me reunía con mis compañeros de base, aquellos con los que me dispongo a convivir en las próximas semanas en una pequeña base científica situada en  una isla del archipiélago Shetland del Sur.

Punta Arenas es una de las  habituales puertas de entrada y salida hacia la Antártida. Aquella que, junto a Ushuaia, se encuentra más cerca de la Península Antártica y que abastece con sus buques y aviones  a las diferentes estaciones científicas situadas en el continente blanco. Durante los días de verano, en especial al inicio y final de este, es habitual encontrarse con las dotaciones de las diversas bases componiendo un mosaico de personal científico y técnico de diferentes lugares del mundo pero con objetivos más o menos comunes. Ahí nos reunimos, entre otros, los miembros de la campaña española, este año corta y escasa en cuanto a proyectos. Destinada sobre todo a continuar con la recogida de datos iniciada desde el inicio de la actividad científica española en este lugar y al mantenimiento de la logística que descansa en el continente durante el largo y oscuro invierno. Este año los papeles se invierten y España cambia parte de su función: pasa de anfitrión a huésped. De llevar una voz cantante a nivel logístico con los buques polares en cuanto a transporte de personal y material pasamos a ser “invitados” y a servirnos de la logística de otros países. Si la Antártida, de momento, es un reflejo de cooperación desinteresada por parte de las naciones que tienen  únicamente intereses científicos en este territorio, esta campaña, para nosotros, es un ejemplo de ello.

Normalmente los estados con menos capacidad logística se sirven de otros con más medios para organizar su campaña. Por ello en años pasados hemos llevado a expediciones búlgaras, portuguesas o de otras nacionalidades realizando con ellos el viaje hasta sus bases o ayudándoles en las labores de apertura o aproximación. Ahora somos nosotros los que recibimos ese apoyo. Dado que el buque Hespérides se encuentra en estos momentos en puerto, somos amablemente recibidos por la logística chilena y la brasileña. Una parte del personal de la base donde trabajo, llamada Juan Carlos I, viajará en un avión  Hércules de la fuerza aérea brasileña hasta territorio antártico y la otra, entre la que me encuentro, embarcaremos en el buque de la Armada chilena Aquiles. Divididos de esta guisa nos encontraremos, unos por mar y otros por aire, dentro unos días en aguas antárticas, dispuestos a abrir nuestra base y comenzar con los trabajos de apoyo científico.





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