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dic 2012

Páginas en blanco: el viaje.

Me gustan los destinos perdidos a los que se tarda en llegar varias jornadas o incluso semanas. Hace diez días que salí de casa y hoy me acuesto en mi cama de  la base, ya en la Antártida.  Unos cuantos vuelos y un viaje en barco de más de cinco días hasta llegar al archipiélago de las islas Shetland del Sur, en concreto a la Isla Livingston. El barco ha perdido el romanticismo que en un primer momento uno, en su imaginación, podría otorgarle. Al final se trata de una semana sin apenas ver la luz del sol, transportado como un paquete en las entrañas de un buque y siguiendo el reloj que escrupulosamente marca las comidas y las cenas. Los desayunos no, porque me los salto. Entre medias dormitando, leyendo cuando el mar lo permite o viendo alguna película. Quien use este viaje para relatar los peligros del temido Mar de Hoces o Canal de Drake, miente; porque el mar en esta ocasión ha estado tranquilo, no ha habido bailongo, ni bolsas de vómito resbalando por el suelo de babor a estribor con el balanceo del barco, ni caídas de la cama por la escora: no ha habido carnaza.  Ha habido aburrimiento, películas malas dobladas con acento latino y paseos por las cubiertas despistado buscando el comedor   con miedo de preguntar al marino de turno si estribor es izquierda o derecha. Pero la monotonía se ha producido los últimos días, cuando el mal tiempo y el balanceo te recluyen en el interior del buque. Salimos de Punta Arenas el lunes pasado y hasta llegar al Atlántico navegamos durante  dos días por los  canales magallánicos. En nuestro recorrido el canal de Beagle es recorrido de Oeste a Este antes de salir al Océano. Y esto es algo difícil de contar con palabras. Para ello sólo se me ocurre recomendar un libro, bueno, eso y venir a esta región alguna vez en la vida. El libro es “En los confines de la Tierra”, publicado en la Editorial Salamandra. Ahora mismo no recuerdo el nombre del autor pero si alguien  lo hace no estaría mal que lo pusiese en los comentarios. Narra la historia de la navegación de este canal ( y muchos otros más) por parte del buque de su majestad HMS Beagle, del que recibe su nombre. El barco, que navega con la misión de cartografiar estos canales está capitaneado por Robert Fitz Roy (entre otras cosas padre de la previsión meteorológica moderna) y lleva consigo un pasajero especial: Darwin. El paisaje supera la espectacularidad de la historia, encajando el canal entre montañas pobladas de espesos bosques de lengas (tipo de haya austral) y separando los valles con glaciares que caen hasta el mar, ventisqueros, que diría un chileno. Parte de la navegación transcurre paralela a la Cordillera Darwin pasando a los pies del casi inexpugnable monte Sarmiento cuyas ascensiones se pueden contar con los dedos de una mano, y eso que más de una nada en la sombra de la duda. Este es un lugar de clima infame donde para recorrerlo hace falta, en palabras de Eric Shipton, una alta dosis de estoicismo. El estoicismo nosotros lo perdimos el momento en que tuvimos que  ponernos el traje de supervivencia y bajar, ya en la Antártida, a tierra. Este elemento de seguridad, ahora obligatorio en el desplazamiento de técnicos y científicos en aguas antárticas a bordo de una zodiac, es una de las prendas de vestir  más incómodas que existen y se ha ganado el nombre de teletubbie entre los miembros de la campaña española. Me pregunto si en otros países han llegado a la misma ocurrencia. En la charla de seguridad impartida por el contramaestre a bordo del buque de la Armada que nos desplaza hasta aquí, un teletubbie de color morado, saludaba tapándose la boca con cara de vergüenza entre diapositiva y diapositiva. Después bajábamos a tierra dispuestos a abrir la base,  dormida y solitaria  después de  ocho meses de oscuro invierno.





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